Las reliquias tlaxcaltecas

*La Fuente de los Bergantines y los restos del Hospital de Nuestra Señora de la Encarnación son dos caras de la misma moneda histórica; nos enseñan que la memoria de Tlaxcala no solo reside en sus grandes palacios, sino en estas piedras que hablan en voz baja

Beto Pérez

Tlaxcala, Tlax.- Más allá de sus imponentes conventos y plazas señoriales, la verdadera alma de Tlaxcala a menudo susurra desde monumentos más discretos, fragmentos de piedra que el transeúnte apresurado podría pasar por alto. Son cicatrices del tiempo, portales a un pasado que se niega a desaparecer.

Este es un recorrido por dos de esas huellas, dos pequeños monumentos que custodian gigantescas historias.

Toda ciudad es un palimpsesto, un manuscrito antiguo donde las historias se escriben unas sobre otras, sin borrarse del todo. Tlaxcala, cuna de la nación mestiza, es un ejemplo extraordinario de este fenómeno.

El primer destino se encuentra en la ruidosa y moderna Avenida Guillermo Valle. En medio del incesante flujo de vehículos y el pulso de la vida contemporánea, se erige una fuente de cantera que parece navegar en un océano de asfalto: la Fuente de los Bergantines.

A simple vista, es una pieza ornamental, un remanso de agua que refresca el paisaje urbano, pero su columna central y sus relieves no son un capricho estético, son el testimonio en piedra de uno de los episodios más determinantes de la historia de todo el continente americano.

La fuente conmemora la increíble proeza de ingeniería y estrategia militar que Tlaxcala protagonizó como aliada de Hernán Cortés. En 1521, para sitiar la inexpugnable México-Tenochtitlan, construida sobre un lago, los españoles necesitaban una flota.

Fue aquí, en las tierras altas de Tlaxcala, lejos de cualquier mar, donde la habilidad de los tlaxcaltecas hicieron posible lo imposible: bajo la dirección del carpintero de ribera Martín López, miles de manos indígenas talaron los bosques de la Malintzi y construyeron, pieza por pieza, trece bergantines: pequeñas naves de guerra, rápidas y letales.

La fuente nos invita a imaginar esa escena monumental: el sonido de las hachas, el olor a madera recién cortada y el esfuerzo titánico de un pueblo construyendo las armas que sellarían el destino del imperio mexica.

Una vez terminados, los barcos fueron desarmados y transportados a hombros a lo largo de 80 kilómetros hasta las orillas del lago de Texcoco, en una de las caravanas logísticas más asombrosas de la historia. Allí, fueron reensamblados y botados al agua, convirtiéndose en la clave para la caída de la gran capital azteca.

La segunda parada es aún más discreta, un fantasma arquitectónico cuya presencia es fácil de ignorar si no se sabe qué buscar. Se trata de la fachada y los vestigios del Antiguo Hospital de la Encarnación, conocido como Hospital de Nuestra Señora de la Encarnación. Lo que queda de él es un arco de piedra elegante y una hornacina vacía, incrustados en la pared de un edificio que hoy tiene otros usos.

La solitaria fachada es la puerta a otro capítulo fundamental de la Tlaxcala del siglo XVI. Fundado alrededor de 1537 por orden de Hernán Cortés o por iniciativa de los primeros frailes, el hospital fue una de las primeras instituciones de su tipo en el continente, dedicado específicamente a la atención de la población indígena. En un tiempo marcado por la violencia de la conquista y las devastadoras epidemias que diezmaron a los pueblos originarios, este lugar surgió como un bastión de caridad y cuidado.

Cerrando los ojos frente a este arco, uno casi puede escuchar los susurros del pasado: el murmullo de las oraciones en náhuatl y latín, el trajín de los frailes franciscanos y los médicos herbolarios aplicando ungüentos, y el lamento de los enfermos que encontraban aquí un refugio físico y espiritual.

El Hospital de la Encarnación no era solo un centro médico; era un espacio donde se manifestaba la otra cara de la colonización, la que buscaba aliviar el sufrimiento y demostrar, a través de la compasión, los principios de la nueva fe que se imponía.

A diferencia de los bergantines, que fueron instrumentos de guerra, este hospital fue una herramienta de vida. Sus muros, hoy desaparecidos, acogieron a incontables personas, ofreciendo consuelo en medio del caos de un mundo que se transformaba drásticamente. Lo que vemos ahora es apenas una cicatriz en el rostro urbano de Tlaxcala, un fragmento que nos habla de la fragilidad de la vida y de la resiliencia del espíritu humano.

 

 

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